martes, 5 de abril de 2016

Contingencia ambiental en la CDMX: la primera desde 2002

La CDMX en febrero de 2016 (Foto: El País).
Resulta obligado hablar de la Contingencia ambiental que vivimos la tercera semana de marzo de 2016, la primera declarada en 14 años y que duró 72 horas, que apremió a las autoridades a poner en marcha medidas restrictivas para la circulación de miles de vehículos y ocasionó un enfrentamiento entre los mandatarios de la Ciudad y del Estado de México.

   Pero más allá de lo anecdótico, nos interesa insistir en cuáles han sido las recomendaciones de los científicos en los últimos años para implementar políticas públicas, urgentes y de largo plazo, que reduzcan efectivamente los índices de contaminación en la Cuenca del Valle de México, pues aquí nos jugamos la salud de millones de mexicanos.

   Primero, ¿cuál es el panorama?

   De acuerdo con los informes anuales de Calidad del aire para la Ciudad de México disponibles en línea, en 2013 tuvimos sólo 5 días con buena calidad del aire, si tomamos en cuenta las partículas suspendidas de 2.5 micrómetros como referente, o bien 40 días buenos si se considera el Ozono, y se declaró la fase de pre- contingencia en 6 ocasiones.

   En 2014 hubo 3 pre-contingencias por Ozono y menos días buenos por este contaminante, sólo 31.

   En 2015 tuvimos 7 pre- contingencias y en este 2016, llevamos 3 pre-contingencias y una contingencia de tres días por Ozono. “Ahí la llevamos”.

   ¿Qué está ocurriendo? Una combinación de factores, entre los que destacan

  1. Un sistema de transporte colectivo insuficiente, deficiente y muchas veces contaminante, junto con un modelo de movilidad que privilegia y subsidia al transporte privado.
  2. El incremento incesante del parque vehicular, que de acuerdo con datos del INEGI se duplicó entre 2005 y 2013, es decir en tan sólo ocho años, al pasar de 3.5 a 6.8 millones de unidades registradas en la Zona Metropolitana del Valle de México.
  3. El atraso en las normas de combustibles y de emisiones de vehículos pues, por ejemplo, la norma de contaminantes para autos nuevos a gasolina (NOM 042) se revisó por última vez en 2005 y la de vehículos nuevos a diésel (NOM 044) en 2006. Estas regulaciones tienen un rezago de una década respecto de las existentes en Estados Unidos, a pesar del Tratado de Libre Comercio y aunque las empresas de automotores son las mismas a ambos lados de la frontera.
    En cuanto a la norma 086 de diésel de ultra-bajo azufre, como Pemex no puede surtir este combustible en todo el territorio nacional, la tan esperada actualización (que lleva 7 años en el tintero) será el parto de los montes: en vez de exigir 10 partes por millón, nos tendremos que conformar con 15 ppm en una norma emergente y provisional.
  4. Las fallas evidentes en los sistemas de verificación tanto en la Capital como en las demás entidades de la Megalópolis.
  5. La pifia de querer sacar de la circulación autos por edad y no por emisiones, medida que resultó en una lluvia de amparos al no estar sólidamente justificada, y que a la larga arrojó 500 mil vehículos más a las congestionadas calles de la Ciudad, de acuerdo con el portal de noticias Respira México.

   A ello se sumó el nuevo reglamento de tránsito que aminoró la velocidad de los autos en vías rápidas e incrementó, por tanto, las emisiones, de acuerdo con un estudio del Centro de Ciencias de la Atmósfera de la UNAM. Otras medidas, como el Hoy no Circula Sabatino, provocaron que parte de la población adquiriera un segundo automóvil, no necesariamente nuevo o de bajas emisiones.

   ¿Qué medidas se deben tomar entonces?

   El Centro Mario Molina recomendó varias desde el 2014 (de las cuales hemos hablado en este espacio): aumentar y mejorar el transporte público, incorporar las motocicletas y todo el transporte de carga al Hoy No Circula, fortalecer la operación del programa de verificación vehicular, hacer que todo el transporte escolar, empresarial y público cuente con sistemas de control de emisiones, entre otras.

   Otro estudio, entregado por el Instituto de Ingeniería de la UNAM el año pasado, propuso modificar las normas de eficiencia de combustibles y de emisiones, obligar a las armadoras a tener los mismos estándares de calidad que las matrices en Estados Unidos y verificar su cumplimiento, promover nuevas tecnologías, como los vehículos eléctricos, a partir de incentivos nacionales, pero sobre todo, impulsar con mucha más fuerza el transporte colectivo público, en especial los sistemas llamados BTR, es decir Metrobús y Trolebús.

   Y el Programa Universitario de Estrategias para la Sustentabilidad añade dos recomendaciones; dejar de hacer ciudad para los autos y empezar a hacer ciudad para la gente, además de leer y hacerle caso a los informes que entregan las instituciones académicas.

Editorial del Programa Universitario de Estrategias para la Sustentabilidad en el noticiario Primer Movimiento de Radio UNAM, emisión del martes 22 de marzo de 2016.
Mireya Imaz, Marjory González. 2016, PUES-UNAM. México.
(Se autoriza la reproducción citando la fuente).

lunes, 4 de abril de 2016

Atrapados sin salida: los residuos que nadie sabe a dónde mandar

(Editorial del programa del día 21 de julio del pasado año sobre los residuos difíciles de clasificar)

Contenedor para pilas en la CDMX
¿En qué se parecen las pilas, el aceite quemado y los focos ahorradores? En que nadie sabe muy bien qué hacer con ellos cuando se termina su vida útil, y de eso vamos a platicar hoy aquí en Primer Movimiento.
Una de las llamadas que con mayor frecuencia recibimos en el PUMA es la de algún ciudadano comprometido con el ambiente que no sabe a dónde enviar alguno de los productos que mencionamos. Y es que nuestra sociedad de consumo ha desarrollado un sinnúmero de tecnologías que nos facilitan la vida, pero cuya producción y posterior disposición tienen consecuencias indeseables para el ambiente y nuestra salud.
En México todo lo que no es un residuo urbano, es decir, como aquellos que producimos en nuestros hogares, se clasifica en dos categorías posibles: residuos de manejo especial, por una parte, y peligrosos, por otra.
Los de manejo especial, de acuerdo con la Ley General para la Prevención y Gestión Integral de los Residuos (DOF 2015) son los que se generan durante los procesos productivos y que no reúnen las características para ser considerados como peligrosos o como residuos sólidos urbanos, o bien, los que se producen por grandes generadores de residuos.
En el costal de los residuos de manejo especial se encuentran las pilas, al menos las que contienen litio, níquel, mercurio, cadmio, manganeso, plomo y zinc. De acuerdo con el estudio ‘Las pilas en México, un diagnóstico ambiental’, publicado en 2009 por la SEMARNAT y encabezado por el Dr. Arturo Gavilán García, hasta el año 2007 en nuestro país se desechaban 32,900 toneladas de pilas al año, unas 600 millones de piezas al año, y tanto en el mercado formal como en el informal se venden pilas cuyos contenidos de mercurio y cadmio rebasan los valores límite establecidos por la Directiva Europea.
Por ello es importante no revolver pilas con otros residuos y depositarlas en contenedores adecuados, de donde surge el primer problema, ¿cuáles son y dónde están dichos contenedores?
En el caso de las ciudades de México y Guadalajara, existen depósitos establecidos mediante convenios entre los gobiernos locales y la empresa IMU, que utiliza el espacio público para colocar publicidad en grandes cilindros que son a su vez contenedores de pilas, las cuales se llevan a la planta de reciclaje y tratamiento de SITRASA, ubicada en Irapuato, Guanajuato.
¿Y los habitantes de las demás ciudades, pueblos y comunidades del país? Pues a menos que las autoridades locales tengan un programa similar, es muy posible que no sepan y en realidad no tengan a dónde llevar sus pilas usadas.
Esto ocurre porque entre el establecimiento de la Norma Oficial Mexicana Nom-161-SEMARNAT-2011 que determinó los criterios para clasificar a los residuos de manejo especial, y la puesta en marcha de los planes para el manejo de pilas, media un largo trecho en el cual los ciudadanos nos quedamos como el chinito, nomás milando.
Un caso más complicado es el de los focos ahorradores, ya sea los pequeños que usamos en nuestras casas, o las lámparas fluorescentes largas que se emplean en oficinas, hospitales e industrias. Aunque el uso de estas lámparas reduce hasta cuatro veces el consumo de energía eléctrica y duran diez veces más que los focos incandescentes, las ahorradoras tienen la desventaja de contener mercurio, un contaminante altamente persistente, bio-acumulable y que tiene efectos negativos en la salud de las personas y los ecosistemas.
México firmó en el 2013 el convenio de Minamata sobre extracción de mercurio y se comprometió con otros 140 países a reducir las emisiones de este contaminante y eliminarlo gradualmente en los productos que aún lo emplean en hospitales y hogares, como las mencionadas lámparas o en los termómetros y otros equipos.
Sin embargo, a la fecha no existen sitios para que un amplio público pueda depositar estos residuos y luego se les dé un tratamiento adecuado, en las páginas oficiales sólo encontramos un lugar en el que se confinan residuos industriales que contienen mercurio, la empresa RIMSA de Nuevo León.
Y el último caso del día: el aceite quemado. Al llegar en grandes cantidades a las tuberías de hogares y comercios, el aceite comestible que empleamos para cocinar se solidifica y puede tapar las tuberías, agravando el problema de los drenajes congestionados con la basura que no se deposita en su lugar. Además estos aceites pueden dañar a los ecosistemas y contaminar acuíferos.
Desgraciadamente, lo que en muchos países es un recurso valioso que se transforma en biodiesel para mover camiones, autos y maquinaria, en nuestro país se ve como un desecho del que nadie quiere hacerse cargo, o nos piden que lo coloquemos en botellitas de PET, desperdiciando así la botella que podría reciclarse y el aceite que podría transformarse.
En Brasil existen depósitos donde la gente lleva su aceite de cocina para que este sea procesado y aprovechado como combustible. En Estados Unidos hay mini plantas de procesamiento que le dan servicio a las cafeterías de las universidades y los dormitorios estudiantiles.
Como podemos ver, son tres casos en los que no falta voluntad por parte de la gente para separar y depositar adecuadamente, falta cómo y dónde hacerlo y falta, sobre todo, que la autoridad haga que participen de manera mucho más activa y responsable las empresas que fabrican estos productos.


Cuando el destino nos alcance: el arte se adelanta a la ciencia

(Este editorial corresponde al programa del 14 de julio de 2015 y habla de cuando la realidad supera a la ficción)

Hoy les queremos hablar acerca de los efectos que ya tiene el cambio climático en los océanos y de cómo, en este caso, el arte se adelantó un poco a la ciencia.
En 1973 una película sacudió nuestra imaginación. “Cuando el destino nos alcance”, como se tituló en español, o “Soylent Green” en inglés, protagonizada por Charlton Heston y Edward G. Robinson, narraba una distopía en la que para el año 2022 la flora y fauna del planeta prácticamente habrán desaparecido, grandes masas de población se aglomerarían en las ciudades de manera precaria; hacinados, sin luz ni agua corriente, mientras una selecta minoría vivirá aislada en edificios de lujo gozando de todo tipo de privilegios y comodidades.
La película retrata la ciudad de Nueva York en plena decadencia, abatida por una ola de calor asfixiante en la que sobreviven, en las peores condiciones posibles, 40 millones de personas. Los habitantes de la mega ciudad se alimentarán únicamente a base de una especie de galletas de colores, unas amarillas procesadas a partir de soya y lentejas, así como las verdes o Soylent Green, que le dan nombre a la película, codiciadas por tener más nutrientes y por supuestamente contener plancton y algas marinas.
En la historia, se narran las pesquisas de un detective que al intentar resolver el asesinato de un magnate, acaba descubriendo un crimen aún mayor, relacionado con las galletitas pero que no vamos a contar para no echarle a perder el final a las y los radioescuchas más jóvenes que tal vez no la han visto.
En fin, que el citado detective, llamado Frank Thorn, cuenta con la ayuda de Sol Roth, un anciano sensible y culto que posee una habilidad prácticamente inexistente en el resto de la población: Sol sabe leer. En una de las escenas clave de la película, este personaje descubre un informe oceanográfico en el cual se indica que los mares del mundo se han secado y el plancton ha desaparecido del planeta. El libro tiene en la portada una fecha: el año 2015.
Toda esta historia viene a cuento pues resulta que en cierto sentido, el destino efectivamente nos alcanzó: el cambio climático ya está ocasionando modificaciones en los océanos del mundo, como la elevación del nivel del mar, la acidificación de los océanos, los cambios en la distribución de las especies de plantas y animales marinos, además de la modificación de las corrientes marinas, entre las más importantes.
De acuerdo con el estudio del 2008 de la FAO titulado ‘Consecuencias del cambio climático para la pesca y la acuicultura’, a escala planetaria ya se registra un desplazamiento hacia los polos de las especies de aguas templadas con los consiguientes cambios en el tamaño y productividad de sus hábitats.
El mismo estudio indica que probablemente en un mundo que se está calentando, la productividad de los ecosistemas se reducirá en la mayor parte de los océanos tropicales y subtropicales, en los mares y en los lagos, y se incrementará en las zonas latitudinales altas.
El cambio climático está alterando la estacionalidad de algunos procesos biológicos, como la reproducción, anidación y depósito de huevos, con consecuencias imprevisibles para la producción pesquera. El riesgo de que aumenten las especies invasoras, o que se difundan enfermedades transmitidas por vectores que antes estaban confinados en los trópicos, también son motivos adicionales de preocupación.
Por otra parte, el incremento en las concentraciones de bióxido de carbono en la atmósfera provoca fenómeno denominado acidificación de los océanos. Al precipitarse el dióxido de carbono hacia el mar, este reacciona con las aguas marinas y forma ácido carbónico.
Desde el inicio de la revolución industrial, hace 150 años, el océano ha absorbido aproximadamente una cuarta parte del bióxido de carbono emitido durante la quema de combustibles fósiles, unas 500 mil millones de toneladas de CO2, lo que ha incrementado el promedio de acidez en 30 por ciento, de acuerdo con la página del Consejo para la Defensa de Recursos Naturales.
Algunos modelos indican que el promedio de la acidez de los océanos se duplicará hacia fines del siglo si no disminuimos la velocidad a la que consumimos combustibles fósiles, por otra parte, un estudio publicado en el 2005 por los doctores Ken Caldeira y Michael Wickett del Carnegie Institution of Science en el Journal of geophysical Research, predice que el Ártico se volverá corrosivo para algunos organismos con caparazón o concha dentro de unas décadas y la Antártida a mediados de siglo. Los arrecifes de coral son especialmente sensibles tanto a los cambios de temperatura como de pH del océano.
Otro dato es que el incremento de la temperatura de los océanos provocará una disminución de la biomasa de fitoplancton y zooplancton de entre un 6 y un 11 por ciento, respectivamente, hacia finales del siglo, de acuerdo con un estudio del Centro Tecnológico Azti publicado en 2005 en la revista Global Change Biology. Estos organismos son la base de la cadena trófica en los mares y su disminución afectará, obligadamente, toda la vida marina.
Finalmente, están los casos de zonas muertas en los mares debido al proceso de eutroficación, es decir, una producción excesiva de algas alimentadas por los fertilizantes que se lavan dese tierras altas hacia el océano, y que ocasiona la pérdida de oxígeno en áreas profundas, matando diversas especies de animales y plantas debajo de la capa verdosa.
Así las cosas, parece que Cuando el destino nos alcance resultó muy atinada en algunos aspectos. Ojalá que podamos cambiar el rumbo de los acontecimientos y le demos a nuestra historia planetaria un final más feliz que el previsto por Hollywood.


viernes, 1 de abril de 2016

Monocultivos: tropezándonos con la misma piedra

(Editorial del día 7 de julio de 2015 acerca de monocultivos)

Vamos a levantar un guante que nos arrojaron en Primer Movimiento, pues nos pidieron que comentáramos de las consecuencias ambientales y sociales de los monocultivos.
Los monocultivos son una práctica agrícola que implica cultivar la misma especie en un terreno durante años, sin rotar o combinar con otras especies. Como ejemplo podemos mencionar el cultivo de trigo, soya o las plantaciones de caña de azúcar o de palma de aceite.
Aunque económicamente los monocultivos parecen ser sistemas eficientes, pues permiten la especialización de la maquinaria y de los procesos agrícolas aumentando la productividad, también tienen numerosas desventajas ambientales y sociales que queremos enumerar.
Por ejemplo, el agotamiento de los nutrientes del suelo debido al cultivo intensivo de una sola especie, obliga a emplear grandes cantidades de fertilizantes, en especial fosfatos y nitratos, los cuales al deslavarse están llegando a los océanos, incrementando la reproducción de las algas y originando las llamadas ‘zonas muertas’, regiones del mar y los océanos en las cuales el exceso de materia orgánica y su descomposición ocasionan la disminución del oxígeno presente en aguas profundas, fenómeno que se conoce como anoxia, el cual elimina o reduce drásticamente las poblaciones de otras especies de plantas y animales acuáticos.
Se calcula que actualmente nuestras sociedades están fijando más Nitrógeno y Fósforo para actividades agrícolas e industriales que todos los procesos naturales del planeta juntos, la modificación de los ciclos biogeoquímicos de ambos elementos es de tal magnitud que el Dr. Johan Rockström, junto con los 29 autores del artículo los Límites del Planeta –del que hemos platicado en este espacio-, calculan que la actividad humana ya rebasó, por mucho, la capacidad del Sistema Terrestre para absorber e incorporar estos elementos en los procesos naturales, de manera que estos son dos de los límites planetarios que se encuentra en números rojos.
El uso de fertilizantes comerciales, además, tampoco es sostenible en el tiempo ni sustentable en términos ecológicos debido a que su producción requiere altos consumos de combustibles fósiles, especialmente de gas natural, lo que ata la producción agrícola industrial al empleo de los combustibles cuya quema es la principal causa del calentamiento global.
Por otra parte, los monocultivos incrementan la vulnerabilidad de la agricultura ante diversas plagas, obligando al uso de pesticidas. Los resultados del uso intensivo de plaguicidas incluyen la pérdida de la biodiversidad y la eliminación de especies clave, sobre todo de polinizadores; tiene efectos adversos en la salud de los de los trabajadores agrícolas y de quienes consumimos los productos; contamina el agua y los suelos; además de producir resistencias en las plagas, lo que a su vez obliga a incrementar las dosis y/o la agresividad de los plaguicidas.
El uso de plaguicidas se asocia a la contaminación de acuíferos y suelos por metales pesados, además puede eliminar la microbiota de habita en el suelo, es decir, los hongos, bacterias y protozoarios que permiten oxigenar los terrenos y reciclar sus nutrientes.
Por otra parte, la introducción masiva de monocultivos, que tuvo su primer momento de auge entre las décadas de los años 40 y 60 del siglo veinte, desplazó una gran cantidad de variedades y especies nativas de plantas comestibles.
La FAO en un estudio publicado en 1998 sobre biodiversidad en la alimentación y la agricultura, estimó que durante el siglo pasado se había perdido aproximadamente 75 por ciento de la diversidad genética de especies vegetales y animales domesticadas a nivel mundial, lo cual es muy peligroso pues pone en riesgo nuestro suministro de alimentos ante plagas, enfermedades y frente al cambio climático.
Por ejemplo, durante la década de 1970, la falta de diversidad genética en las variedades del maíz cultivado en los Estados Unidos ocasionó la pérdida de más de mil millones de dólares debido a la falta de resistencia al tizón, una plaga que ataca las hojas de la planta. Además, el uso intensivo de agua ha ocasionado que entre 70 a 80 por ciento del agua dulce que usa la humanidad se destine a irrigar campos de cultivo. La irrigación intensiva también ocasiona la salinización de los suelos, lo que a la larga disminuye o impide la producción de más alimentos y obliga a abrir la frontera agrícola, es decir, a tumbar bosques y selvas para introducir más cultivos.
Se ha buscado solucionar algunos de estos problemas a partir del mejoramiento de variedades y la introducción de variedades de cultivo genéticamente modificadas, lo que pareciera una solución del tipo “abrir un hoyo para tapar otro”, pues muchas plantas no tienen barreras y se cruzan con las genéticamente modificadas, se han observado efectos nocivos en insectos no-blanco, es decir, insectos que no son plagas y para los cuales no estaba destinado el bioinsecticida, como abejas, abejorros o mariposas, y puede ser un factor de riesgo para las variedades silvestres, como en nuestro país, que es centro de origen y distribución del maíz.
Además los cultivos genéticamente modificados solamente enfrentan las plagas, pero no necesariamente disminuyen el otro cúmulo de problemas ambientales de los que estuvimos hablando, pues en el fondo su existencia obedece más a la lógica de consumo y de valorización de los alimentos como commodities, es decir, productos que juegan en el mercado de valores, independientemente de si sirven para alimentar a la población mundial o no o de las consecuencias ambientales de producirlos. Pareciera que repetimos los errores de hace medio siglo.
Así las cosas, especialistas en diversas ramas de las ciencias naturales y sociales voltean a estudiar los agroecosistemas tradicionales como la milpa, que combinaba maíz, frijol, calabaza, quelites y chile, fomentando la biodiversidad y el intercambio cultural, como alternativa ante el reto de alimentar a 7 mil millones de seres humanos sin acabarnos al planeta.


Calentamiento global, cambio climático y consenso científico

(El editorial del 30 de junio del año pasado trató acerca de la complejidad del debate científico sobre cambio climático) 

El planeta se está calentando debido a las emisiones de Gases de Efecto Invernadero derivadas de la actividad humana, esto a su vez está conduciendo un gran cambio en el clima planetario y en diversos ciclos biogeoquímicos del Sistema Tierra. Este cambio es inequívoco, está en curso y dentro de la comunidad científica existe consenso al respecto.
Entonces… ¿por qué hay tanto ruido tratando de convencernos que el ‘debate’ continúa? ¿Por qué algunos entusiastas de la teoría de la conspiración aún se entretienen con este tema?
Aunque los medios de comunicación, sobre todo en países desarrollados como Estados Unidos y Gran Bretaña, quieran presentar la ilusión de que está en marcha un amplio debate científico acerca del origen del cambio climático, la realidad es que el 98% de las y los científicos del clima suscriben los principios del calentamiento global de origen antropogénico, esto de acuerdo con un estudio de William R. L. Anderegga y James W. Prall publicado en la revista Actas de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos, el cual consideró las publicaciones y las citas de 1,372 científicos expertos. Por cierto, el estudio se publicó en el 2009.
En otro de los frentes de batalla de esta disputa por la opinión pública, la Doctora Naomi Oreskes, profesora de Historia de la Ciencia y Ciencias de la Tierra en la Universidad de Harvard, dirigió una revisión de las posiciones de diversas asociaciones científicas y el compendio de artículos arbitrados durante una década en torno al cambio climático.
El artículo publicado en 2004 en la revista Science y que Oreskes tituló Más allá de la Torre de Marfil, el Consenso Científico sobre el Cambio Climático, analizó 928 resúmenes, publicados en revistas científicas entre 1993 y 2003 y que figuran en las bases de datos con las palabras clave "cambio climático". Los trabajos fueron divididos en seis categorías: apoyo explícito del consenso, evaluación de los impactos, propuestas de mitigación, métodos, análisis paleoclimáticos, y rechazo de la posición de consenso. De todos los documentos, el 75% cayó en las tres primeras categorías y aceptaba tácita o explícitamente el origen antropogénico, el otro 25% correspondió a tratados acerca de los métodos o el paleoclima, pero sin tomar posición sobre el cambio climático actual. Ninguno de los trabajos arbitrados estuvo en desacuerdo con la postura de consenso.
Y añadimos: en ninguno de los llamados papers se afirmó que los cambios registrados fueran naturales.
El tema no es nada nuevo, ya a finales del siglo diecinueve el Nobel Svante Arrhenius, al darse cuenta de la relación entre las concentraciones de Bióxido de Carbono atmosférico y el incremento de temperatura, se preocupó al pensar que la quema de los combustibles fósiles podía dar lugar o acelerar el calentamiento de la Tierra.
Entonces, ¿por qué tanto brinco estando el suelo tan parejo?
Primero, es cierto que estamos lejos de entender por completo la dinámica de este cambio, de poder predecir con certeza cuánto se calentará el planeta dependiendo de los volúmenes de Gases de Efecto Invernadero que se emitan, o cuáles serán las consecuencias para los diversos ecosistemas y para los pueblos del orbe. Al cabo de unos pocos años ha resultado, por ejemplo, que los primeros escenarios de calentamiento estaban equivocados, pero por exceso de optimismo: las temperaturas se han elevado más de lo predicho.
Estas incertidumbres, que ciertamente forman parte del quehacer científico, han dado pie a que algunos sectores de la sociedad, como gobiernos, cámaras legislativas y políticos en lo individual, sobre todo en el vecino país del Norte, emprendieran una intensa campaña para convencer a la opinión pública que el cambio climático, si es que existe, es natural, que podemos continuar quemando combustibles fósiles alegremente y que todo esto del cambio climático es una patraña de algunos científicos para conseguir recursos y subvenciones de gobiernos y organismos internacionales. En pocas palabras, una conjura de la comunidad científica.
Cada día está más claro que la conjura se encuentra en el lado de los intereses económicos y políticos, en especial los de corporaciones tan poderosas como las petroleras, que se verían afectadas negativamente si tuvieran que internalizar los costos ambientales de sus actividades.
Éstas empresas han sido acusadas reiteradamente de subvencionar una tras otra campaña cuestionando un día los resultados, otro día los métodos del IPCC para armar sus conclusiones, además de boicotear constantemente los acuerdos de las Conferencias de Cambio Climático. Ante el cúmulo de pruebas y estudios, la última táctica ha sido cuestionar el consenso entre científicos, relativizando al máximo los resultados de las investigaciones previas. La campaña tuvo su apogeo durante la administración de un presidente petrolero: George Bush, y ha continuado para ponerle piedras en el camino a Barack Obama en su intención de reducir emisiones.
Así las cosas, cabe recordar a Carl Sagan cuando preguntaba “¿quién habla en nombre de la Tierra?”. Nosotros queremos agregar ¿quién habla en nombre de los muchos que sobreviven en los márgenes y sufrirán –o ya son víctimas- los drásticos cambios que está provocando el consumo desmedido de energía y bienes por los pocos? Si el cambio climático es una amenaza global, actuar frente a él se está volviendo una exigencia ética ineludible.


Aguas tratadas y cultivo de hortalizas: la ensalada ¿con aderezo?

 (Editorial del 16 de junio de 2015 en que se analizó la problemática del uso de aguas tratadas para producción agrícola)

El día de ayer aparecieron en el periódico El Universal dos reportajes firmados por Dinorath Mota acerca del cultivo de hortalizas regadas con aguas residuales del Distrito Federal y los grandes conglomerados urbanos del Estado de México.
Esta situación no es nueva, aunque no por eso deja de ser preocupante. De acuerdo con el reporte, los campesinos de los distritos de riego 003 de Tula y 100 de Alfayucan, en el Estado de Hidalgo, han aprovechado el caudal de aguas residuales de las grandes urbes desde hace décadas, y continúan haciéndolo a pesar de una veda decretada en 1990 debido a la aparición de casos de cólera en aquella región. Y tienen sus razones: la producción de la zona tiene rendimientos similares a los del Norte del país, de entre 12 y 15 toneladas por hectárea, y el 80 por ciento de lo que producen tiene un mercado asegurado en la Ciudad de México y el Edomex.
La producción y el manejo de las aguas residuales de las megalópolis y su uso en labores agrícolas resultan en una problemática compleja cuyas aristas queremos analizar con ustedes.
En primer lugar existe un problema en cuanto al tratamiento de las aguas residuales en México. Los volúmenes de agua que se emplean en el país han ido en aumento, junto con la urbanización y la industrialización, pero la infraestructura para el tratamiento del agua no ha corrido a la par del crecimiento económico del país, de manera que sólo se alcanza a tratar 33 por ciento del agua colectada en la red, de acuerdo con el libro Cauces y Encauces, publicado por la Academia Mexicana de Ciencias y Conagua.
Un segundo problema es de salud pública, tanto para los productores como para los consumidores de las hortalizas cultivadas con aguas negras o aguas tratadas que no cumplen con los estándares oficiales. En un estudio del 2014 de la Universidad Autónoma Chapingo, realizado en otro de los distritos de riego del Estado de Hidalgo, el 028 correspondiente a Tulancingo que también recibe aguas residuales, las investigadoras Elizabeth Hernández-Acosta y Evangelina Quiñones-Aguilar encontraron que en 11 de 16 sitios de muestreo en los canales de riego había presencia de helmintos, es decir, gusanos que parasitan el tracto digestivo de humanos y animales, además de que en todos los sitios se rebasaron los límites máximos permisibles de coliformes fecales, es decir, bacterias que se encuentran en los excrementos y pueden resultar muy nocivas para el organismo.
Las aguas residuales pueden contener también metales pesados como zinc, plomo, cadmio, boro y arsénico, que provienen de las descargas industriales y resultan cancerígenos en ciertas concentraciones. Existen ríos muy contaminados con este tipo de residuos en nuestro país, como el río Atoyac y Lerma, de acuerdo con el Dr. Omar Arellano, académico de la Facultad de Ciencias de la UNAM. La falta de plantas de tratamiento en estas zonas representa una amenaza a la salud de la población, en especial para quien habita en los cauces de estos ríos, aunque también para quienes consuman productos de animales criados en estos cauces.
En tercer lugar existe un problema de agotamiento de las reservas de agua dulce a nivel mundial. Por ejemplo, en las Estadísticas del agua en México 2007, la CONAGUA reporta que la disponibilidad de agua por habitante al año era de casi 18 mil metros cúbicos en 1950, cifra que descendió dramáticamente a 4700 metros cúbicos por habitante al año en 2006, y que además continuará disminuyendo
Ya que la demanda global de agua está creciendo, su reutilización se vuelve cada día más importante y se ha vuelto parte de las estrategias de gestión del recurso, de acuerdo con especialistas como la Dra. Blanca Jiménez, del Instituto de Ingeniería de la UNAM, y Takashi Asano, de la Universidad de California, autores del libro Reutilización del Agua: Un Estudio Internacional de Prácticas actuales, problemas y necesidades.

La cuestión, de acuerdo con los autores, es que en los países industrializados la reutilización del agua se practica de manera planificada para preservar las fuentes de agua dulce y proteger el ambiente, además los estándares de calidad del líquido tratado son muy estrictos. En cambio, en los países en desarrollo como el nuestro, la necesidad de aumentar el suministro de agua para zonas densamente pobladas como el centro del país, está forzando a un uso no planificado de aguas residuales que a veces, simplemente, no tienen ningún tipo de saneamiento.

De acuerdo con la Dra. Jiménez, la clave para aprovechar las aguas residuales está en hacer una reutilización planificada del líquido, de manera que la calidad del agua esté acorde con su uso final. Si el agua se reutiliza para consumo humano el tratamiento debe tener estándares muy altos, si es para agricultura no son tratamientos tan estrictos pero debe garantizarse que no existan agentes patógenos y que se preserven los nutrientes útiles para los cultivos.

El uso de aguas residuales impulsa la producción de los campos agrícolas gracias al alto contenido de nutrientes que, además, no les significan costos extra a los campesinos, pero es necesario incrementar drásticamente los volúmenes de aguas tratadas en el país, involucrar las industrias para que inviertan en ello e incrementar y cumplir los estándares de calidad, para evitar que las ensaladas que consumimos tengan un desagradable aderezo.


Los piratas del Caribe, los gatos y otras especies invasoras

(Editorial del 9 de junio de 2015 sobre especies invasoras)

Una de las mayores amenazas que enfrenta la biodiversidad en todo el planeta es la introducción de especies exóticas que se vuelven invasoras, hoy vamos a comentar un poco acerca de este fenómeno y algunos de los problemas que ocasiona en otras latitudes y en nuestro país.
Ya sea que se les introduzca a propósito o por accidente, ciertos organismos se convierten en invasores al integrarse ecosistemas distintos a aquel en el cual evolucionaron, por diversas razones: puede ser que en su nuevo hábitat no estén presentes los depredadores que controlaban el crecimiento de sus poblaciones en su lugar de origen, o bien se presentan condiciones ambientales, mayor cantidad de alimento, etc que les favorecen.
El tema es que algunos animales, plantas u otros organismos aparecen en un nuevo sitio y desplazan a la fauna o flora local, lo que a veces puede ocasionar una reacción en cadena en todo el ecosistema.
De acuerdo con la Comisión Nacional para el Uso de la Biodiversidad, las especies invasoras pueden provocar desequilibrios ecológicos entre las poblaciones silvestres, cambios en la estructura, composición y funcionamiento de las comunidades, pérdida de poblaciones silvestres, degradación de la integridad ecológica, reducción de la diversidad genética y además pueden ser transmisoras de enfermedades.
Aunque la llegada de especies a nuevos lugares es un fenómeno natural, que ocurre debido a migraciones, huracanes, corrientes marinas, o bien al desaparecer una barrera física, actualmente el problema es que los humanos hemos incrementado nuestras actividades comerciales, de turismo y de transporte por todo el mundo, y nos ha resultado fácil llevar nuevas especies de un sitio a otro, ya sea para cultivo, ganadería, o simplemente porque a algunos les gusta viajar con sus mascotas.
Como señalan Aguirre y otros colaboradores en la colección Capital Natural de México, entre las amenazas a la biodiversidad y a la conservación de los ecosistemas y sus servicios ambientales, las invasiones biológicas, junto con la destrucción del hábitat, representan los factores de riesgo más significativos, más extendidos y de mayor impacto


Veamos 3 ejemplos: actualmente existe una seria preocupación entre los conservacionistas por la invasión en el Caribe y el Golfo de México del llamado Pez León, cuyo nombre científico es Pterois antennata.
Su hábitat natural es el Océano Índico y el Pacífico Occidental, se trata de un animal llamativo por los colores listados de sus largas aletas como abanicos, las cuales lo han vuelto muy apreciado en los acuarios de todo el mundo. El problema con este pececito es que es muy venenoso, por lo que carece de depredadores naturales en las aguas del Caribe y además, es muy tragón, de manera que arrasa con cangrejos, camarones y muchas otras especies marinas, diezmando los arrecifes de coral.
De acuerdo con un artículo aparecido este año en la revista Plos One, firmado por Carlos Ferreira y Osmar Luiz, en menos de 30 años las poblaciones de pez león se han expandido dramáticamente en un área que abarca la costa este de los Estados Unidos, Bermudas, toda la región del Caribe y el Golfo de México y, desafortunadamente, acaban de llegar a las costas de Brasil.

Pero ¿cómo arribó este invasor a nuestras costas? Muy posiblemente, por culpa de los humanos que lo usamos como mascota. Un estudio del 2011 de Ricardo Betancur y Andrew Hines, publicado en el Journal of Biogeography, apunta a un evento único de dispersión de esta especie desde Florida, a partir de 6 u 8 hembras. Eso fue todo lo que requirió el Pez León para iniciar su invasión, podemos decir que sería la envidia de los piratas del Caribe.

También tenemos el caso del pez diablo que se ha establecido en ríos y lagos de México a raíz de que algunos especímenes fueron introducidos por aficionados a los acuarios para limpiar peceras. Debido a que la mayor parte de la plaga se encuentra en la Presa Infiernillo se le ha denominado "pez diablo" por los habitantes del lugar. Este pez se alimenta de los huevos y crías de otros peces.

Otro caso es el de los gatos: un estudio del 2010 del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España, reportaba que los gatos asilvestrados son “una de las especies invasoras más perniciosas para las comunidades de vertebrados en islas”.

Se calcula que a partir de su domesticación hace unos 10,000 años, los gatos han sido responsables del 14 por ciento de las extinciones de vertebrados en todo el mundo.

En México, el Felis catus ha sido responsable de la extinción en vida silvestre de la tórtola de la Isla Socorro y de algunas subespecies del ratón endémico de Baja California.

Y para cerrar, queremos llamar la atención de nuestros estimados radio escuchas: la UNAM estableció en 1983 la Reserva del Pedregal de San Ángel que ocupa un tercio de la Ciudad Universitaria, con el fin de proteger los remanentes de un ecosistema único, el matorral xerófilo de palo loco, en el cual habitan unas 1500 especies de flora y fauna, algunas endémicas y que se encuentran en peligro de extinción como la Mammillaria san-angelensis (un cacto) y la orquídea Bletia urbana. Otros organismos presentes son colibríes, pájaros carpinteros, murciélagos y los más carismáticos: el Tlacuache y el Cacomixtle.

La fauna que habita la Reserva se enfrenta con el peligro constante que significan los gatos y perros ferales, muchos de los cuales eran animales domésticos cuyos dueños decidieron deshacerse de su mascota y venir a dejarla a la UNAM.

Los animales abandonados, si sobreviven, se reproducen sin control y atacan a los habitantes del Pedregal, en especial a las aves, los mamíferos y reptiles pequeños, y son uno de los principales problemas en la Reserva.

Los invitamos a que no abandonen a sus mascotas, a que no las liberen en espacios naturales, de preferencia las esterilicen y se hagan cargo de la cuna a la tumba de sus animales.